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por Leandro Martínez Depietri

La naturaleza quedará reducida a un florero, sentenciaron Chiachio & Giannone en 2018 como diagnóstico para nuestro sistema socioeconómico. Imaginaron entonces la porcelana como refugio último de toda flora y fauna, el mundo metido en una nuez. Fueron acertados. ¿Qué hace el florero sino atesorar la belleza después de la muerte? Y eligieron para un asunto tan contemporáneo como el colapso ecológico -fieles a su sensibilidad de maricas trasnochadas- las naturalezas muertas del barroco flamenco y neerlandés. Imitaron a Jan Brueghel el Viejo, Ambrosius Bosschaert y a Jan De Heem, entre otros. Es decir, volvieron al origen de ese género tan maltratado por la crítica y tan amado por el público.

Las flores pintadas son más interesantes de lo que parecen. Proliferaron con la expansión económica de los Países Bajos en el siglo XVII, tras su independencia de España. A expensas de sus colonias en Indias Occidentales y Orientales, la bolsa y las bancas de Ámsterdam, el tráfico de esclavos y el cuasi-monopolio del comercio marítimo europeo, esta región acumuló riquezas fabulosas. Las naturalezas muertas hacían de escaparate para esta nueva prosperidad conquistada, incorporando productos de distintos rincones del imperio comercial. Sin embargo, la nación más rica que Occidente había visto hasta entonces era una economía proto-industrial, en la cual el crecimiento era limitado y no existía aún la maquinaria del consumo masivo. Sin una tradición cortesana como Versalles y tras haber expulsado a la Iglesia Católica, estos protestantes de austeridad iconoclasta necesitaban de tradiciones culturales para el despilfarro. El espacio doméstico fue favorecido y las flores cumplieron un rol fundamental. En Middelburg, donde eran especialidad, estas pinturas podían alcanzar precios altísimos. Eran objetos suntuarios, apreciados por las curiosidades que representaban y por la enorme labor que implicaban. ¿Por qué? 

A diferencia de los murales pompeyanos, que representaban los olivos y limoneros de jardines y campos aledaños, las pinturas barrocas eran producto de la fantasía colonial. Reunían múltiples especies de diferentes partes del mundo y siempre, pero siempre, en su punto cúlmine de florecimiento, aunque éste ocurría naturalmente en distintas estaciones del año. Para lograrlo, cada artista debía hacer estudios previos de cada una de las flores en su esplendor. Recorrían los jardines botánicos de las ciudades neerlandesas para estudiar las especies exóticas y se asesoraban con expertos para poder bocetarlas en el momento exacto de su florecimiento. Así, iban formando un conjunto de flores representadas y las unían luego en un ramillete perfecto que solo existía en su imaginación. Los arreglos, además, eran siempre abundantes, sin dejar lugar para un tallo más. Es decir, la perfección simultánea de tantas flores distintas desdibujaba la noción del tiempo y quebraba la relación entre el hombre y los ciclos de la naturaleza, glorificando la abundancia colonial y la labor pictórica. Los coleccionistas, conocedores y amantes de las curiosidades, se acercaban con lentes especiales a apreciar las variaciones de color y forma entre los pétalos y los insectos camuflados en la eterna primavera de estos floreros protocapitalistas. 1

Vuelvo a nuestro presente inestable. En sus versiones, Chiachio & Giannone reemplazan el óleo por el gouache. Dejan atrás la ilusión de realidad, haciendo evidente el artificio. Estudian e imitan la pintura barroca, no las flores. Construyen imagen sobre imagen en ese juego suyo de armar rompecabezas imposibles con los retazos de la historia. Al usar pigmentos industriales, los brillos de las flores son sugeridos y los gradientes de color, esquemáticos. A diferencia de la inteligencia artificial, la factura pone en valor la copia, la filiación de la mímesis y el minucioso trabajo requerido para dar vitalidad a la cita. Más aún, su fauna no consiste en bichos camaleónicos, sino en animales fuera de escala y de lugar, como conejos que salen de una galera. Podríamos caer en la obviedad de decir que la historia regresa como farsa, pero hay algo más interesante en sus citas. ¿No adviene justamente el colapso ecológico por creer que puede existir un crecimiento infinito en un planeta finito, por pensar que todo lo que existe (como las flores de la pintura barroca) puede, y debe, estar disponible 24 horas al día, 7 días a la semana, los 365 días del año? En nuestra cultura globalizada, obsesionada con la imagen y supuestos pasados de gloria, volver en imágenes a los comienzos de esta ilusión resulta especialmente significativo. Las naturalezas muertas de Chiachio & Giannone nos enfrentan, no con la abundancia, sino con su eterna promesa de satisfacción diferida y hoy desdibujada. Convertidas en cita amorosa, su factura ingenua nos permite sonreír frente a la catástrofe y disfrutar del festín de colores. No podemos dejar de apreciar las flores, una ofrenda de amor. ¿Acaso no somos un poco como esos monos anonadados de su pintura, contemplando pasivamente el fin de la historia? ¿O de su inventor, Occidente?

Siempre atentos, también tienen un gesto delicado respecto de esta historia colonial. En las últimas pinturas de esta serie, acuden a su práctica de yuxtaposición radical e incorporan, entre hojas y pétalos, cerámicas y motivos comechingones. Se meten entonces con otro aspecto de las naturalezas muertas: ¿cómo desnaturalizar la mirada? ¿Cómo romper la percepción utilitaria del mundo para encontrarse con lo extraordinario en el cotidiano? Insisten, una vez más, con la parte desatendida de nuestra realidad territorial e histórica. Resulta que nuestras mesas tienen las patas en Abya Yala, por mucho que Buenos Aires quiera ignorar este accidente geográfico y soñarse un espejismo parisino o una réplica de Miami en los suburbios. Rosa Rolanda, en una pintura sin título y sin fecha, ya se había aventurado en este territorio, haciendo de una efigie azteca el continente para un arreglo floral barroco que se recorta frente a un paisaje metafísico. Lo que para Rolanda era materialización de la realidad revolucionaria de México, en Chiachio & Giannone es manifestación de lo reprimido en el incosciente colectivo porteño de matriz colonial. 

No puedo cerrar sin decir lo obvio: esta dupla encuentra en el dibujo y la pintura un refugio para su intensa práctica de bordado y, más aún, en la naturaleza muerta que elimina radicalmente la figura humana. Este género sirve de fuga, de sosiego, frente a su obsesión con el autorretrato. Y, sin embargo, incorporaron sus dibujos preparatorios en esta muestra, volviendo a poner su presencia dual e indeleble como artífices de la fantasía.  ¿Quién podría culparlos? No hay artista sin obsesión.


1 Para quien guste saber más sobre las flores del barroco neerlandés, recomiendo la lectura de Norman Bryson, Looking at the Overlooked : Four Essays on Still Life Painting. (Harvard University Press, 1990), 96-135. Sobre la economía neerlandesa del 1600, los problemas morales y la cultura del gasto, leer Simon Schama, The Embarrassment of Riches: An Interpretation of Dutch Culture in the Golden Age (Berkeley, California : University of California Press, 1988).

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