Guardianes  de lo sagrado

Stella Arber / Fernando Bonfanti

En las salas del MAC los artistas Chiachio y Giannone ocupan todas las salas con sus grandes telas bordadas, donde se despliegan el oficio, la perseverancia, las horas evidentes de trabajo, las ideas y sobre todo la irreverencia de trabajar con materiales que hasta hace un tiempo eran impensados para las artes visuales.

Lo vienen haciendo desde hace unos cuantos años y canalizan todo su imaginario sobre telas a veces usadas o encontradas en compraventas o regaladas por personas que desean un destino más interesante para ellas.

Sin fronteras estructuradas desde lo conceptual y menos desde lo experimental, estos artistas rescatan del olvido las técnicas más tradicionales del bordado y aplican novedosas configuraciones, dando a este arte considerado menor, una jerarquía estética con inusitadas innovaciones.

Apasionados hasta la médula por lo que hacen, también revelan un cúmulo de asociaciones, casi como en un automatismo psíquico puro, donde resplandece por sobre todo el funcionamiento real de sus pensamientos y así describen situaciones, se expresan, cuentan con imágenes, volcando en ellas el puro esencialismo de sus conciencias.

Claro está que lo hacen todo de a dos, nadie sabe quién borda qué, polarizan por duplicado sus ideas, llegan a acuerdos mutuos partiendo de la ambivalencia de las dos voces y terminan volcando en sus telas, a cuatro manos, la nobleza de lo compartido. En ese deslindar se produce la eficacia de un cosmos estable que se traduce en sus obras. Aparentemente hay una disolución de la identidad personal, pero esto no es así. La identidad se apuntala y profundiza en espejo. Uno es el otro y el otro es uno.

Leo Chiachio y Daniel Giannone generan una narrativa propia en la que siempre tienen el papel protagónico, cualquiera sea el escenario, ellos dos, bien identificables, son el centro de la escena, aparecen como personajes de una antigua estirpe oriental, como líderes religiosos, como héroes míticos, o bien como coyas de nuestro norte argentino, o desnudos en una selva profunda del Amazonas.

Tal vez la función de esa imagen de los dos presenciando la escena que componen, los transforma en guardianes protectores del sagrado y poderoso recinto que han logrado, ese lugar que ocupan hoy en las artes visuales y la fuerte identidad que han alcanzado como dúo.

Sus rostros son sus escudos de defensa, son su firma. Aparecen siempre flanqueados en todos los escenarios visuales, por su perro Piolín, que ocupa tanto espacio en sus obras como en sus vidas.

Hay una expansión que cubre un original e inédito aspecto de soportes y materiales que utilizan y que sepulta cualquier duda respecto de esta manera de producir arte contemporáneo. Los ekekos de porcelana, son un ejemplo de ello, ataviados con un traje a la medida de sus cuerpos y con sofisticados estampes nos abren sus brazos, nos sonríen, se repiten y marcan presencia en las salas, desde la pulida  porcelana con que fueron realizados, contrarrestando a esa tan conocida figura que pide a gritos abundancia, en la más absoluta pobreza de los escaparates humildes.

Nada les impide decorar, agregar talismanes protectores, atreverse al brillo, al metal, a aplicaciones de cristales, que resultan en apiñados conglomerados de estructura orgánica, unidades agrupadas para luego generar unidades mayores que encajan como piezas de un gran engranaje, en el despliegue del espacio. En la sobreimpresión de tramados y en la profusión de elementos agregados, colores, materiales y formas se produce una opulencia desbordante y celebratoria.

Las  telas van mutando, se van generando como un pavimento regular, con accidentes que generan a su vez otras imágenes, se producen dinámicas simultáneas, movimientos sincronizados en la ejecución de la tarea y se construye una rutina de trabajo para asegurar la ejecución de las labores más complejas.

Todo el tiempo dan paso a otras experiencias y materializan novedades en sus obras, nuevos conceptos, nuevas formas y estructuras dan lugar a la exuberancia, a la vitalidad como vemos en las esferas expandidas en el lugar.

La interacción abundancia-exceso se produce a diario en ellos, regularmente se atiende al proceso que justifica las actividades rítmicas que inundan el taller de los artistas. Hay evidencia de ese ritmo orgánico, ellos bordan como respiran, coordinan los impulsos básicos de su dupla, casi como un mecanismo reflejo, aunque los conceptos, las ideas son tan fuertes como lo manual con sus tecnicismos textiles.

Las jerarquías no importan, están ajustadas sin alteraciones, hay una adquisición de conciencia perceptiva aprendida desde el lugar de los afectos, son libres para amar, para pensar, y también para diseñar y elaborar sus telas y mostrar lo que hacen.

Pespuntes, trenzados, entramados, cosidos y bordados son técnicas que muestran una gran maestría, conseguida en la energía y en la pasión del trabajo que se dirige al producto final. Se nota un ritmo viviente, una construcción planeada, medida y cristalizada de un extremo a otro de estas obras, también podemos ver el placer de crear y explorar órdenes estéticos complejos y a la vez manufacturas simples que alcanzan exquisitos logros.  Cabría afirmar que el disfrute de la producción, es el germen y la finalidad de las creaciones de Chiachio y Giannone.

Atravesados por un “Pop romántico”, y un “Kitch barroco” lo simbólico juega un papel intenso en estas obras, que fluctúa entre lo real y lo imaginario y que se ofrece a los sentidos, casi como un exhibicionismo sin prejuicios, lo simbólico que alude a sus vidas, a sus sueños, y merodea sin cesar, tratando de expresar visualmente gestos que no podrían manifestar de otro modo. La realidad concreta, parece retroceder en la misma proporción que avanza su accionar simbólico sobre todo lo que representan. Así aparece una realidad ideal, un mundo sensible, un potente imaginario que lo transforma todo.

Chiachio y Giannone apelan a los materiales y elementos más mundanos y conocidos, que se trasladan de generación en generación, y se sirven de ellos para lograr lo trascendente: una fórmula emotiva que exorciza los conflictos, una constante expresiva que se torna memorable en sus manos, un nuevo lenguaje surgido de las ideas, y en su léxico, nos informan del valor y el sentido de la vida.

Stella Arber

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“Me remite a la Penélope homérica, a su ansiedad por la espera, disimulada con la entretención mas terapéutica que lúdica, de añorar el regreso del héroe, quien en definitiva con su espada cortara el hilo del interminable tejido, regresando al hogar, completando la unidad de ese amor partido por la sed de aventuras, por la necesidad de exponer su valentía al mundo desconocido de los inexplorados mares.
Ulises llega y con él, el fin de la espera, el retorno al lecho compartido, al fuego fatuo de la vida en común.

Ahora, en un juego borgeano de espejos Chiachio&Giannone, han trascendido el mito, ya son uno, que gozan de la libertad de la no espera, de la no llegada del otro para la complementariedad necesaria, aquí se advierte lo lúdico como la claridad del día. La fusión del amor genera una energía que se transfiere a través de cuatro manos creando un único y poderoso haz de luz.

El héroe puede quedarse eternamente perdido entre las islas del Egeo, Ch&G no necesitan de su regreso, solo avanzan, corriendo los límites “derrumbando muros” con sus creaciones que se difunden a pesar de Ulises o precisamente por él, que atado a su mástil con miles de hilos multicolores resiste al canto de las sirenas , por el bien de todos nosotros , que además celebramos, que no se apaguen las estrellas para que sus remeros sigan navegando”.

Fernando Bonfanti